EL CAMINO DEL RIDER: TODO POR UN SPONSOR

Historias reales de un mundo ficticio

Por Sebastián Chacón

Foto: Hernán “Canty” Ramos

Fiel al slogan de Jack O’Neill, Rama siempre era el primero en entrar y el último en salir del agua, y fue una de esas tardecitas después de surfear la última derecha del Yacht que se encontró con Pato, Patricio Manuel Uriburu tal como rezaba en su partida de nacimiento y en su DNI, un viejo amigo a quién hacía tiempo no se cruzaba en el outside, después de un abrazo se pusieron al día con la charla. Pato ya no surfeaba tanto como antes, estaba abocado a un nuevo trabajo que le permitía ahorrar lo suficiente como para planear su próximo surf trip.

Rama, que siempre fue muy tímido para el esfuerzo, cuando su amigo disparó el tema del trabajo prefirió cambiar de conversación… ni siquiera se animó a preguntar en qué consistía la nueva labor que le permitía engordar el chancho para la próxima aventura, después de comentar el último swell que había llegado con los idus de otoño, cada cual volvió a su realidad. Pato para el trabajo y nuestro héroe para la casa de sus padres en busca de una ducha caliente y un buen plato de comida de mamá Susana, ideal y necesario para reponer energías después de una larga sesión con amigos. Después de la sobremesa, Rama decidió darse una vuelta por el Buda Bar, lugar indicado para no malgastar la noche del viernes con unos pocos pesos, producto de la venta de unos buzos Blue Hawaii que había recibido como premio en su último podio.

Que la búsqueda de sponsor no nuble el camino.

Poco después de llegar, Rama se encontró con María, ex novia del Chapulín, un surfer de esos que cercano a los cuarenta años seguía camuflándose en la matiné de los boliches de Constitución, sobre todo en esos que tenían “estrictos” controles en la puerta… en donde las menores entraban después de las 00:00 y los coleccionistas de fracasos hacían su gracia antes de que la carroza se convirtiese en calabaza. Ella le contó que seguía trabajando en la galería Sao y que andaba sola, él por su parte le contó que había surfeado olas buenísimas y que seguía viviendo con sus viejos para ahorrar mientras negociaba con algún sponsor. Ahí fue cuando María le comentó de su tío Néstor González, empresario del sector turístico siempre abierto a escuchar a la gente con ideas y sueños, lo que se dice un padrino ideal.

-Dame unos días que le aviso que lo vas a llamar y después le das una telefoneada para ver en qué te puede ayudar… quizás puedas viajar mucho más barato – dijo María. Rama inmediatamente la abrazó y agradeció con un sonoro beso en la mejilla, y pidió dos cervezas para brindar por el gesto. Pasaron unos días y Rama por fin llamó al tío de María, en la primera charla telefónica, Néstor se mostró afable y abierto a lo que Rama le contó sobre sus aspiraciones de viajar por el mundo en busca de olas, aventuras y roce internacional con los mejores surfers del globo. Después de varios minutos al teléfono, Néstor lo invitó a pasar por su casa, le pidió que por favor llevara su carpeta y CV de surfista.

Por fin una buena estaba por llegar, Rama emprolijó la vieja carpeta de recortes pegados por su madre en hojas Canson negras, y se abocó a tipear en la Olivetti de su padre un Currículum Vitae que esté a la altura de sus pretensiones, el mundo que prometía la Surfer Magazine podría estar al alcance de su mano. Sabía que la vestimenta era un aspecto fundamental, no quería una segunda oportunidad para causarle a Néstor una primera impresión, eligió una impecable Chemise Lacoste blanca que le había regalado la tía Beba para su cumple de 37, y que nunca había usado, completó el outfit con un Levis y unos Timberland náuticos, sobre los hombros se calzó un escote V… Lejos estaba de sentirse feliz y cómodo con la imagen que le devolvía el espejo, por momentos se sintió el rugbier que había sido en sus primeros años de la adolescencia. Sin tiempo para el arrepentimiento, se perfumó con un poco del Fahrenheit de su viejo y salió en busca de la gran oportunidad.

Néstor González vivía en una de esas tradicionales casas de Los Troncos, Rama llegó y no le tembló el índice al momento de tocar timbre, nervioso como aquel día que perdió su quinta final consecutiva con Nacho en La Popular, ensayó la mejor sonrisa para presentarse ante su futuro mecenas.

-Hola Ramiro, es un gusto conocerte –  disparó el dueño de casa al abrir la puerta, nuestro héroe quiso acortar distancias con un –puede decirme Rama-, mientras que Néstor quiso dejar formalidades de lado e invitó a Rama al tuteo. González era un tipo de unos sesenta años, de un cuidado marrón chocolate que desde hacía varias décadas cubría el plateado original de su frondosa cabellera, soltero, prolijo, de cuidados gestos y formas, dueño de un decir empalagoso, en pocas palabras el famoso tío soltero que llega en Navidad enfundado en pantalones blancos y con costosos regalos para todos los sobrinos.

Después de destapar un tinto, y escuchar las pretensiones de Rama, Don González metió mano en un cajón de su escritorio y sacó un contrato en donde se comprometía a facilitarle los destinos que Rama siempre había visto en los videos, claro que el acuerdo establecía algo extra… eso que estaba por suceder en la habitación del hombre, quien a cambio de un poco de dedicación, le permitiría conocer el mundo con un 70% de descuento. Rama nunca se había encontrado en una situación semejante, por un lado lo que siempre había soñado y asegurado en papel con rúbrica, por otro, un señor de pecho depilado y carnes flácidas que esperaba retozar con él en su cama Grand Kind. Después de pensar su decisión, llegó a la conclusión de que nadie se enteraría de sus labores de taxi boy y firmó. El resto el lector se lo imaginará.

Después de mirar el techo un rato al lado de su nuevo “atleta”, Néstor ordenó unas pizzas a “La Pequeña Roma”, su pizzería favorita. La noche prometía ser larga, Rama se puso una bata del dueño de casa y se tiró en el sillón, mientras tanto, Néstor acomodaba platos, cubiertos y vasos en la mesa ratona. Pasados unos cuarenta minutos el timbre sonó, con la amabilidad de siempre, el señor González abrió la puerta para recibir la pizza, como siempre dejó la puerta abierta y automáticamente Rama quedó en el centro de la escena, cómodamente apoltronado en el sillón con su impecable bata de seda italiana. El chico del delivery dejó su pedido, aceptó la propina y no pudo evitar mirar hacia el living, la sorpresa no podía ser mayor… -Rama, sos vos- preguntó con una sonrisa nerviosa… – Patricio, no me digas que se conocen – repuso Néstor. El chico de la pizza resultó ser Pato, el amigo de Rama, ese que hacía mucho que no veía, y que por esas cosas de la vida le tocaba volver a ver, claro que uno en pleno trabajo, y el otro estrenando patrocinio.

Pato se despidió y siguió con su reparto, Rama y Néstor se quedaron disfrutando de la pizza y escuchando a los Commodores (Néstor era un gran fan de Lionel Richie)… Después de todo, Rama sabía que era fundamental tener una relación fluida con sus sponsors, mientras se convencía de esto último, Easy sonaba en el Panasonic.

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