SURFERS EN EL TEJADO

EL CAMINO DEL RIDER | Historias reales de un mundo ficticio

Un cuento de Sebastián Chacón

Iban por todo, sin disimulo. Para ellos lo público era un negocio mal atendido.Tenían sus piezas bien ubicadas: alfiles discretos, soplones bien pagos, burócratas de vista gorda. El engranaje estaba aceitado. Pero esta vez, algo se salió del libreto.

Sobre el tejado de la Casa del Niño se juraron salvarse la vida, obviamente surfeando. Fue en una de las últimas noches de primavera, cuando el perfume de fin de año ya flotaba en el aire. Desde ese techo todo se percibía distinto, especialmente durante las noches de luna llena. Todo lo que vino después fue un verdadero misterio. Al cabo de unos años, la vida hizo lo suyo y nunca más se volvieron a ver. Rama se dedicó al surf con el mayor profesionalismo posible, lejos de los gimnasios —no quería tener nada que ver con los rugbiers de la época—, y Pablo se metió de lleno en las Ciencias Políticas.

La deliberada falta de control sobre las concesiones había vuelto muy prósperos a ciertos inspectores. Tipos estrictos, especialmente a la hora de discutir por su porcentaje. Sabían bien dónde apretar, cuándo aparecer, qué pedir. Y también a quién dejar tranquilo. El mar no era la excepción: playas cerradas para algunos, habilitadas para otros. Todo podía negociarse.

Tony Fortunaza había heredado un viejo corralón familiar. Medio pelo en comparación con los más renombrados de la ciudad. Su amante, asesora de uno de los  concejales con mayor llegada al Intendente, supo acercarlo a la mesa donde se repartían y sazonaban -entre los mismos de siempre-  licitaciones, concesiones y contrataciones. 

En poco tiempo la vida de Tony cambió para siempre. El mejor amigo de los ladrillos sentó las bases de una sólida reputación. Toda nueva construcción aprobada por el municipio, debía comprar los materiales a Fortunaza SRL El no cumplimento de esa cláusula invalidaba el permiso.

El corralón le quedó chico. Al cabo de unos años se convirtió en uno de los jugadores más fuertes de la ciudad. Con costosas atenciones  bien repartidas entre las distintas bancas de Luro e Irigoyen, logró ganar concesiones en las playas del norte y el sur de Mar del Plata. En esta última zona, Tony había marcado su norte. Playas y ambición sobraban.

Edificios bastante más altos de lo que dictan las ordenanzas, balnearios temáticos, destilerías, boliches a cielo abierto y todo tipo de novedades con vista al mar, figuraban en el portfolio del próspero Tony. En cada jugada quintuplicaba su apellido. Su próxima jugada proyectaba un costoso amarradero en una de las últimas playas públicas del sur marplatense.

La obra de Tony se anunciaba como una verdadera proeza del sector privado en los principales medios. Presupuesto para pauta nunca faltó. Su proyecto rápidamente se puso bajo la lupa de la consideración ciudadana; al tiempo que el empresario recorría canales, radios y podcasts con esa sonrisa tan característica  de quien se sabe ganador, incluso antes de conocer al rival.

Los primeros cortes de ruta en defensa del espacio público no sirvieron de nada. Rápidamente fueron disueltos por la patrulla municipal, escuadrón compuesto por reclutas muy bien peinados y anabolizados, con especial debilidad por las redes sociales. Aunque a decir verdad, los mismos protestantes eran los propios encargados de faltarse el respeto. De día cortaban la calle en protesta, pero a la noche hacían la fila para bailar en los boliches de Tony.

El verano llegó a su fin y Fortunaza SRL comenzó la obra. No sin antes festejar con los amigos de siempre. Medios, periodistas, influencers, empresarios, lobbistas y casi todo el arco político local, llenaron las redes sociales de carruseles y reeles con más de lo mismo. El punto más álgido de la noche llegó cuando el Concejal Santino Gómez Furlan resultó ganador de una carpa a perpetuidad en el futuro balneario. -Siempre fue un tipo con suerte el Petiso Gómez Furlan- comentaban sus pares.

La construcción comenzó con la misma celeridad con la que se aprobaban los expedientes y proyectos del mejor amigo de los ladrillos. El progreso no podía frenar su marcha, especialmente en lugares donde la exclusividad podría estar bien esponsorizada. Todo marchaba de acuerdo a lo planeado, hasta que una mañana sonó el teléfono de Tony Fortunazo.

Sin mayores expectativas que surfear lo que había quedado de un swell potente, Rama madrugó para ser el primero en llegar. Desayunó lo mismo de siempre, sacó a Barry al patio, cargó sus cosas en la camioneta y partió. Cabo Corrientes presentaba una linda derecha. Todavía no había salido el sol. El sábado mezclaba los primeros transeúntes y runners con los que volvían de una noche de música y acción. Sonaba Do It Again (Steely Dan) en el estéreo cuando comenzó a ponerse el traje, casi un mandato para un tipo que había demostrado especial dedicación para hacer lo mismo de siempre sin caer en repeticiones.

La primera ola del set parece buena, decide ir en la segunda. El sol apenas está asomando y Rama dibuja unos perfectos ochos y unas  líneas bien marcadas en una derecha que lo deja prácticamente en la orilla de Varese. Vuelve feliz, sabe que al igual que el viento, sigue soplando. A lo lejos se escuchan las voces de un grupo de adolescentes recién salidos de algunos de los boliches de Playa Grande. Sigue remando y vuelve a posicionarse. Sigue solo y ningún otro surfista circunda la zona.

El silencio de la espera guarda una musicalidad que no todos los surfistas saben disfrutar. Rama era una de las cosas que más disfrutaba. Era algo solo comparable con lo que sucedía entre carta y carta que intercambiaba con un viejo amigo que se había instalado en los 80 en Hawaii. La imaginación se había vuelto un turista al que había que seducir todo el tiempo para que logre estirar su estadía.

-Se ahoga, se ahoga- escuchó un grito que llegaba desde la arena. Pasaron dos olas y cuando se dispuso a remar la siguiente, vio a alguien tratando de mantenerse a flote a la altura de la escollera de Varese. Cerca de las piedras y con una deriva inevitable hacia las playas del centro. Aprovechó la fuerza de la ola para acercarse rápidamente, no logró distinguir si era una mujer o un hombre hasta que estuvo a un par de brazadas.

-Aguantá un poco más, ahí estoy- dijo al momento de ver la cara de una chica que andaría por sus primeros veinte. Apuró la remada como si se tratara de la última ola de su vida. La joven ya no tenía fuerzas para gritar ni mucho menos para seguir luchando por mantenerse a flote. Cruzaron una última mirada y el cuerpo se hundió.

No estaba dispuesto a cargar con esa postal trágica por el resto de su vida. Soltó el velcro de su  pita, tomó una bocanada de aire y emprendió el subacuático. El verdor claro del mar, tan típico de los primeros días de otoño, fue de gran ayuda en los primeros metros del descenso. Fue ahí donde pudo ver el cuerpo todavía luchando por salir a flote. Pero entre el cansancio y el peso de los borcegos que llevaba, el reto parecía imposible.

Con una buena reserva de aire en los pulmones llega hasta la chica, la toma de la cintura e intenta volver a la superficie. Con las últimas energías, ella intenta colaborar, aunque no es de gran ayuda. Rama sabe que no tiene mucho margen de error. Está totalmente solo y debe resolver. Su condición física es de gran ayuda. Al cabo de unos segundos eternos, logra llevarla a la superficie. La tabla estaba a unos cinco metros. No tardan demasiado en alcanzarla y un poco menos en llegar a la orilla.

Ella empieza a llorar. Era un llanto enraizado en la tristeza, no se trataba de una simple liberación de tensiones. Rama la abrazó y guardó silencio. No era psicólogo, pero entendió que estaba ante una potencial Alfonsina Storni. En su cabeza se preguntaba si lloraba  por lo que vendría o por ese final que no pudo ser. Prefirió escuchar antes que decir algo inoportuno.

-Gracias. No puedo más- dijo ella, seguido de un soy Lola.

-Soy Ramiro, Rama… Vas a poder, siempre hay una manera. Solo hay que encontrarla-.

Lola tenía veintidós años, un sinfín de malas decisiones y una familia bastante ausente. Su madre se había marchado en busca de un camino espiritual. Su padre era licenciado en Ciencias Políticas, un tipo de bajo perfil y altos honorarios. Muy requerido en Paraguay, Bolivia, Uruguay y con una gran ascendencia en Argentina.

-Vamos hasta la camioneta, ahí tengo unas toallas para que te seques y puedas llamar a alguien-. Rama no llamaría a la policía, ni mucho menos a la patrulla municipal. Cuanto más lejos del circo, más cerca de Dios.

Ya más tranquila, Lola se seca y lentamente recupera la temperatura. Los mates de Rama ayudan de sobremanera. El silencio por momentos se vuelve inquisidor. Decide encender la radio. Suena Between a Laugh and a Tear de John Mellencamp. La música siempre supo hacer las mejores lecturas de la vida.

-Mellencamp siempre tiene la posta. Vos sos muy joven para tenerlo en el radar, pero deberías darle una oportunidad- dijo mientras buscaba el teléfono en su mochila.

-Tomá, llamá a quien consideres.

-A mi papá, si es que me da bola.

Lola marcó el número, Rama le dio su espacio alejándose con el termo y el mate, no era una llamada más. No fue muy extensa, sí lo suficientemente breve para generar urgencia.

Los mates y las canciones tejieron una línea de tiempo para conocerse un poco más. Lo suficiente para darse cuenta que los dos venían de mundos opuestos, aunque la soledad les resultaba familiar. Rama había logrado vivirla con elegancia y con la astucia suficiente para hacerse cargo de las decisiones tomadas. Además se sentía muy valiente por aquellas que había elegido no tomar. Por su parte, Lola era una acumuladora de problemas. La vida no se la había puesto fácil. Pero todavía tenía mucho tiempo. Mucho más que su improvisado guardavidas.

Cuarenta y cinco minutos después de la llamada, justo delante de la camioneta de Rama estaciona un BYD Song Pro. A la carrera baja un tipo bien arreglado, se abraza con su hija, mientras algunos peatones no pueden disimular la intriga. Rama sabe que este no es su momento. Pero no podría estar pasando si no hubiese madrugado para surfear. Eso lo tranquiliza.

Después de una larga charla entre padre e hija, Rama invita con un mate al hombre. El tipo extiende su mano para presentarse y en un flash experimenta una retrospectiva que lo lleva a esa noche de primavera justo sobre el tejado de la Casa del Niño. Cuarenta años en un pestañeo para darse cuenta que su amigo, casi como un designio del destino, no había faltado a su promesa.

-La puta madre Pablo… No lo puedo creer- Rama por más que lo intentó, no pudo disimular la emoción. No solo había rescatado a alguien cansado de una mala decisión, estaba reconectando con su gran amigo de los años dorados. Un abrazo interminable musicalizado por un montón de gracias de parte de Pablo, fue una imagen muy potente para Lola. Todavía no lograba unir las cuentas de ese collar que hoy la había salvado de una muerte segura.

Como si no hubiese pasado el tiempo, los dos sumaron a Lola a esa escena agridulce. Por un lado, el desamparo de Lola parecía encontrar reparo en este nuevo comienzo. En la otra vereda, dos tipos con el camino hecho, aunque no sin problemas por resolver. Aunque estaba claro que en ese punto, los de Pablo eran mucho más urgentes.

Se agendaron los teléfonos. Pablo prometió ocuparse de Lola, no sin antes invitar a Rama a comer con ellos. -Veníte esta noche a casa… Te parece bien a las 20:30-. -Ahí estaré-, respondió.

La vida de estudiante en Buenos Aires, los primeros trabajos y su llegada al mundo de la política, ocuparon gran parte de los primeros temas de la noche. Su paternidad ausente fue uno de los pasajes  más dolorosos de la puesta al día con su amigo, a quién prometió ocuparse de esa situación con puntual dedicación. Rama fue más allá. El no haber tenido hijos no lo habilitaba a repartir consejos. Simplemente dijo: -Loco tiene apenas veintidós, esta vez estuve yo ahí… No tiene que haber una próxima vez-.

La hondura de Rama fue una de esas incomodidades que solo se permiten los verdaderos amigos cuando las cosas no van bien.

Reconociéndose en deuda con su amigo, Pablo se puso a disposición para lo que necesite. Rama no tardó en hacerle saber que con recuperar el tiempo perdido con Lola, para él era suficiente.

La noche siguió entre charlas de viajes, olas, anécdotas en el Budha Bar, María López, Archie, meetings políticos, campañas y roscas políticas locales, nacionales e internacionales. En este último punto, Rama se detuvo para hacer unas observaciones muy acertadas, su condición de marplatense de pura cepa lo habilitaba por demás.

Lo que siguió fue una aguda exposición sobre el abandono de la ciudad y el contraste con ciertas zonas donde el Intendente de turno y sus alcahuetes de siempre, pregonan progreso en nombre de torres que poco tienen que ver con la arquitectura marplatense. Ni hablar de los esperpentos que proyectaban para las últimas playas públicas del sur de la ciudad.

Pablo escuchaba atentamente. Nadie mejor que él conocía a la plana mayor de Mar del Plata. Había trabajado con todos. Muchos le debían favores y sabía quiénes tenían las muñecas marcadas de tanto meter la mano en la lata.

-Viste este Fortunaza, tremendo delincuente. El tipo va a construir un puerto privado en el sur y nadie le pone un freno. Están todos comprados.

Sin decir absolutamente nada, Pablo escuchó a su amigo y apuntó el nombre de Tony Fortunaza en su mente como algo silenciosamente urgente. La noche siguió entre risas, anécdotas y unas cuantas copas de tinto del que no se descorcha una noche cualquiera.

La amistad entre Rama y Pablo había resistido al paso del tiempo como esas películas clásicas que uno vuelve a ver con especial entusiasmo, aunque sepa que es lo que va a pasar en la próxima escena.

Todo lo contrario a lo que le ocurriría a Tony Fortunaza.

Después de una semana de reuniones, llamadas, cafés y diligencias varias, Pablo logró ponerse al día con la deuda de su amigo. Aunque prefirió nunca contarle que la caída del mejor amigo de los ladrillos, había sido en gran parte por la nueva oportunidad que su amigo le había dado a su hija esa mañana en Cabo Corrientes.

Al día siguiente, sonó el teléfono de Tony Fortunaza.

 

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