EL CAMINO DEL RIDER: GOD BLESS MAR DEL PLATA

Historias reales de un mundo ficticio

Por Sebastián Chacón

Rama nunca fue de esos marplatenses que trabajan todo el año para pagar sombra en verano. Eso de trabajar nunca fue un plan. Surfeando y con un sponsor, que lo mantuvo en el team más por misericordia que por convicción, logró resistir el último tramo de su carrera. La pandemia golpeó fuerte en la industria del surf y el recorte sería inevitable. Rama tenía todos los boletos para el tijeretazo.

Una mañana de los primeros días de septiembre, Rama abrió su notebook y como siempre, se fue al rincón más soleado del patio. Ahí lograba captar la señal de Wi Fi de su vecina, quien milagrosamente no había introducido contraseña alguna para la fortuna de su vecino. Así chequeaba Windguru, Magic Sea Weed y se unía a las meditaciones guiadas de Tom Carroll. En esa recorrida por sus sitios de cabecera, fue cuando decidió chequear su casilla de correo.

Un mail del team manager, con copia del gerente de marketing de su único sponsor, con título: GRACIAS POR TODOS ESTOS AÑOS, fue el prólogo de una fatídica mañana.

“Rama, estamos muy felices de haberte tenido en nuestra familia durante los últimos 21 años. Fue un tiempo que disfrutamos mucho viendo tu surfing, siguiendo tus viajes por el mundo e inspirando a las nuevas generaciones.

Hoy la situación para la empresa es realmente acuciante y nos vemos obligados a recortar nuestro equipo de riders y es a mí que me toca comunicarte que este será nuestro último mes de relación. De más está decir que en los próximos días saldrá el despacho con las dos remeras, el buzo y la mochila correspondiente al canje a modo de pago.

Rama, sos un surfista muy valioso, con mucha trayectoria… No dudo que pronto encontrarás una empresa que vuelva a apostar por vos.

Gracias por todos estos años y que las olas te acompañen”.

-Manga de comemierdas- disparó Rama.

La vecina del otro lado de la medianera no dudó en preguntar

– ¿Todo bien Ramita?

– Sí Chicha, todo bien – respondió cortésmente.

Entre tanta tragedia una buena, la pandemia llegaba a su fin. De un día para el otro, la normalidad fue ganando las calles y las viejas costumbres volvieron a concertar los intereses de la ciudadanía, que con mayor o menor precaución, salió a recuperar el tiempo perdido después de casi dos años de paréntesis. Ahora sí, todos los caminos conducían a la búsqueda de un trabajo.

Aclarar la mente fue necesario. La bicicleta siempre fue su mejor amiga en los momentos más duros de la vida. El día que perdió una final imperdible en el Yacht ante su público y su eterno amor no correspondido, salió a pedalear para aliviar la pena. La noche que murió su padre, en la bici fue recorriendo los distintos lugares que habían visto crecer a su querido viejo. En la bici encontraba el equilibrio que la vida no ofrecía.

Pedaleando por la costa, mirando el mar, fue como su suerte empezó a cambiar. A la altura del Casino Central, en la plaza que en verano concentra acentos de todos los rincones del país, tuvo una epifanía.

Un Batman desdentado y un Robin con urgencias dentales, se presentaban como la gran atracción de niños y jóvenes, quienes no dejaban pasar la oportunidad para una selfie con los paladines de la justicia de ciudad Gótica.

-Muchachos, ¿se gana buena guita con este laburo?- preguntó a la dupla.

– La verdad que se zafa- dijo Batman.

-Está bueno el horario, arrancas a media tarde, te queda la mañana libre y la noche para salir de joda – agregó Robin.

Los súper héroes con más calle que poderes, advirtieron que Rama estaba interesado.

-Mirá, te dejo una tarjeta de la agencia donde laburamos nosotros… Creo que estaban buscando un Capitán América- le dijo Batman extendiendo su brazo.

La tarjeta aseguraba: COMO EN HOLLYWOOD PERO EN LA PLAZA DE TU BARRIO. Así, y con mayúsculas, se presentaba esta agencia de contrataciones de súper héroes subdesarrollados. Sin pensarlo demasiado llamó, no dejaría que la llama del trabajo se apague tan fácil.

-Mirá maestro, andamos buscando un Capitán América con urgencia. Mañana arranca un micro de excursiones y no sabemos por qué, en un focus group salió que el personaje más requerido es el Capitán América- explicó rápidamente el encargado de contrataciones.

-Se paga por semana. Si agarras viaje, mañana a la mañana hacés la prueba de vestuario y a la tarde arrancas-  remató antes de que el aspirante pudiese reaccionar.

-Estás hablando con el más marplatense de todos los Capitanes América. El laburo es mío- respondió Rama.

A la hora señalada y vestido de Capitán América comenzó su aventura. Un micro cargado de niños y padres esperaba ansioso el comienzo de la excursión. El plato fuerte era el Capitán América animando el paseo al ritmo de L – Gante y Trueno, dos artistas que nunca entraban en su lista de Spotify, pero la necesidad tiene sonido de Trap.

Ni bien arrancó el micro, los niños empezaron a gritar y requerir al Capitán América. Rama intentó mantenerse estoico en su misión, que no era ni más ni menos que entretener y repartir simpatía a todo el pasaje.

Cuando el micro se disponía a subir la loma de Colón, el caos era total y el Capitán América se vio sobrepasado por el sub americanismo explícito al que se estaba sometiendo. No lograba conectar con los niños de ninguna manera, quienes lo único que querían, junto a sus padres, era ridiculizarlo hasta que demuestre sus poderes.

El zenit del desmadre llegó cuando un padre intentó arrebatarle la billetera, mientras su hijo le tironeaba el sticker de la estrella en el escudo. De ahí en más, todo fue para peor.

Mientras el chofer intentaba mantener la dirección del Mercedes Benz, Rama repelía los embates de padres y niños que pedían su cabeza entre gritos y empujones. Sin más alternativa que la renuncia, se paró en los primeros asientos de la nave y con su escudo rompió el vidrio de una de las ventanillas. En este último gesto de súper acción, consiguió el silencio de los pasajeros, quienes no podían creer la reacción  del Capitán América marplatense.

Con los ojos inyectados en sangre y la voz entrecortada, Rama se escapó por la ventana con el coche en movimiento, segundos antes de que el micro emprenda la bajada por Colón con destino al puerto. No se iría así nomás, debía dejar en alto el nombre del Capitán América… Fue ahí cuando se iluminó.

-God Bless Mar del Plata- dijo con el pecho inflado y a viva voz segundos antes de caer en la vereda de Tío Curzio.

Como pudo se acomodó el traje y emprendió el camino, mientras pensaba en nuevas estrategias, llegó a la conclusión que durante toda su vida de surfer profesional había perdido unas cuantas baterías, mientras que en su corta vida como trabajador había perdido su dignidad. Lo único que le quedaba para cuidar con especial esmero.

Al fin y al cabo, en el mail de despedida, el team manager le aseguraba que ya vendría una empresa en busca de sus servicios. Sería cuestión de esperar.

Al llegar a la esquina, un vendedor de garrapiñadas lo intercepta con un: ¿Tiene fuego Capitán América?

-No, no fumo- respondió Rama con una sonrisa mientras se mezclaba al trote con unas chicas que pasaban corriendo por ahí.

Al fin y al cabo, ser Capitán América en Mar del Plata era mucho más feliz que serlo en Aldo Bonzi.

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