EL CAMINO DEL RIDER: NAVIDAD, RAMA, LA RENATO Y EL GORDO KARATECA

Historias reales de un mundo ficticio

Por Sebastián Chacón

Para Rama las fiestas siempre eran lo mismo, especialmente la noche del 24 en donde toda la familia se reunía en casa de sus padres Leandro y Susana, siempre una velada con solemnidad decreciente conforme al descorche de botellas y a la aparición de contadores de historias, esos que nunca superarían un control de alcoholemia, no sin una billetera bien surtida. Tíos, primos y abuelos nunca faltaban a la cita, las mejores ropas y perfumes conformaban un delicado equilibrio bajo el techo de madera hachada de la vieja casona de Playa Grande.

El gordo Gumiero, un soltero que había llegado a los cuarenta con miles de hectáreas heredadas, todos los años era quien visitaba las casas del barrio repartiendo regalos para los niños y no tan niños, un número fijo que nadie quería perderse. La puesta en escena era total, un majestuoso traje rojo con puños y solapas blancas y un cinturón negro con hebilla de plata  dividía la anatomía del gordo Gumiero en dos. El cuadro se completaba con una carreta correctamente ornamentada con borlas y lametas navideñas, tirada por dos caballos blancos que convertían a la calle Alem en Alem Street.

A sus 18 años, Rama ya no podía pretender que Papá Noel le trajera lo que quisiera, sobre todo porque ya estaba en edad de conseguir un trabajo de verano, pero como ustedes saben, nuestro héroe siempre fue muy respetuoso del sacrificio, y ese verano no pensaba salir con La Capital bajo el brazo en busca de un laburo. Sabía que los regalos vendrían por el lado de las chombas Lacoste, remeras Tommy Hilfiger, escotes V (cosa que odiaba pero que usaba para no desentonar con el barrio), algún que otro par de chancletas y no mucho más. Nada que lo acerque a su ideal mundo en donde una buena tabla marcaría su estatus en el pico de su amado Yacht.

Era sabido que el gordo Gumiero iba guardando los regalos en el quincho de su casa a medida que los vecinos iban llevando los obsequios para sus hijos, el experimentado Noel los ubicaba de acuerdo al recorrido que haría la nochebuena. Cada familia tenía su bolsa con la correspondiente etiqueta con el doble apellido y el domicilio. Nadie sabe cómo, pero Rama se enteró que entre los regalos que esperaban en el quincho, había una Renato 6’ 1’’, squash, blanca con flamas naranjas, una pieza única como las que siempre salían de la factoría del experimentado shaper. La tabla no era para Rama, era para el hijo de Ignacio Fernández Prieto, Luciano, un excelente surfer de verano. Si había algo que odiaba Rama eran los surfers de verano, los gordos, los chicles con relleno, las remeras Tommy Hilfiger, las camisas de Chemea y los practicantes de artes marciales, especialmente a estos últimos, los odiaba con esmero.

La Renato pasó a ser el objetivo de la primera y única incursión en el mundillo del hampa para Rama.

Consciente de sus limitaciones, reunió a Petaca, Chirola y Nicanor, tres amigos que a la hora de la adrenalina, para bien o para mal, siempre estaban dispuestos a tenderle una mano a Rama. El plan era sencillo, entrar a la casa del gordo Gumiero cuando el dueño de casa estuviese en su clase de Karate, arte que cultivaba lunes, miércoles y viernes con un viejo maestro, quien daba exclusivas clases privadas. Las señoras del barrio no dudaron en mal pensar en un supuesto romance entre alumno y discípulo, la soltería de Gumiero, sumado a sus muy buenos modales, no hacían más que fomentar este tipo de comentarios entre las señoras del barrio; además no podían entender su gruesa figura a pesar de tantas horas de Karate.

El plan era simple, Petaca se encargaría de hacer de campana en la esquina, Chirola estaría apostado en el paredón por donde ingresarían Rama y Nicanor, si la cosa se complicaba sería el encargado de ayudar a los muchachos. El viernes 23 de diciembre fue el día elegido, nada podía fallar. A eso de las seis de la tarde, el gordo Gumiero salió del garage al comando de su flamante Peugeot 505… la aventura estaba por comenzar.

Media hora después de la partida del dueño de casa, el equipo se preparó para el golpe. Petaca se ubicó en su Hispano France rodado 28 en la esquina, desde ahí tenía una clara visión sobre quién se acercaba hacia el imponente chalet. Una vez que Rama y Nicanor saltaron el paredón, Chirola se sentó en el cordón de la vereda con una Condorito para despistar. Se habían prometido demorar no más de diez minutos para entrar y salir con la Renato.

Rama y Nica saltaron el paredón y cayeron directamente en el parque de Gumiero, la pileta se llevaba todos los aplausos, digna de un dueño de miles de hectáreas diseminadas por el sudeste de la provincia de Buenos Aires. Sin perder tiempo, los muchachos se dispusieron a buscar la Renato. Afuera todo estaba bajo control, Chirola alimentaba sus fantasías más salvajes con Yayita; mientras que Petaca buscaba la manera de aguantar las ganas de ir al baño. El tipo no había ido antes de salir y su incontinencia era cuestión de segundos. Salir en busca de una estación de servicio fue lo próximo, ni tiempo tuvo de avisar a Chirola que abandonaba su puesto, sin dudas el más importante para que Rama y Nica salieran indemnes de la llamada OPERACIÓN RESCATE RENATO.

Petaca nunca más volvió y Chirola nunca se enteró de la baja en el equipo, siguió con lo suyo. Dentro de la casa, Rama y Nica se movían a su antojo, rápidamente lograron entrar al quincho y ahí estaba la Renato junto a un sinfín de regalos navideños. Para sorpresa de los muchachos, el quincho del gordo Gumiero tenía una pared reservada para una colección de botellas de champagne, todas francesas, todas caras, todas inconseguibles, todas tentadoras y algunas descorchables.

Nicanor no resistió la tentación y destapó una botella de espumante francés, había que festejar las facilidades que la vida presentaba. Rama no dudó en acompañarlo, y para hacerla completa prendió un porro, nunca nada había sido tan fácil en su vida. Al cabo de unos cuantos minutos, los muchachos ideaban, entre burbujas y humo  dulzón, un plan para saquear la galería Sao, un delirio sólo realizable en una de Mel Brooks.

El alcohol y la hierba hicieron perder la noción del tiempo de nuestros inexpertos bandidos, afuera Chirola seguía perdido en las curvas de Yayita, estaba tan pendiente de su objeto de deseo que no advirtió la llegada del Gordo Gumiero. El dueño de casa entró el 505 y no tardó en advertir unas sonoras carcajadas que llegaban desde el fondo. Era hora de aplicar lo aprendido en las interminables horas de Karate. De manera sigilosa entró en el quincho, ahí sorprendió a Rama y Nicanor destapando la quinta botella, quizás la más cara de su colección. –Gordo trolo te vamos a cagar a trompadas – sentenció Rama. Gumiero no hizo más que envalentonarse y emprender una tormenta de Tsukis sobre las caras de los ladrones. Sangre y dientes voladores fue el común denominador de la gresca. Mientras el dueño de casa encarnaba el papel de Chuck Norris, Rama y Nica no hacían más que esquivar, sin mucha efectividad, cada uno de los golpes que llegaban a destino.

Una vez reducidos los delincuentes, Gumiero dio aviso a la policía, no tardó en llegar una patrulla del comando radioeléctrico. Tampoco tardó Leandro Solís Arrieta en ir a buscar a su hijo. Después de adornar al comisario Salatino con un interesante incentivo navideño, Rama volvió a casa. Sin la Renato y con varios dientes menos.

Para Rama esa navidad fue distinta, sin embargo nada opacó la llegada de Papá Noel, a quien toda la familia Solís Arrieta recibió con los brazos abiertos. El gordo Gumiero dejó los regalos para todos, y se despidió con un sonoro – Jo, jo, jo… Feliz Navidad-.

Llegó el momento de abrir los regalos, Rama se mostró muy feliz con un par de camisas de Chemea y una remera Tommy Hilfiger… Después de todo, el gordo Gumiero no era tan malo.

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