AGUSTINA LÓPEZ LEÓN: CUANDO EL YOGA ENTRA EN EL MAR

En esta entrevista, la surfista y profesora de yoga profundiza en cómo la respiración, la conciencia corporal y la lectura del océano pueden transformar la experiencia dentro del agua.

La búsqueda de Agustina López León empezó hace más de una década, lejos del ruido y más cerca de algo difícil de nombrar. Con el tiempo, ese camino encontró un punto de unión entre el yoga y el surf, dos prácticas que hoy forman parte de una misma manera de habitar el mar.

Entre sesiones en el sur de Mar del Plata, conversamos con la embajadora de Roxy sobre ese cruce que transformó su forma de moverse, respirar y leer el océano.

¿Cómo llega el yoga a tu vida y en qué momento empezás a notar que empieza a influir directamente en tu manera de surfear?¡Qué lindo observar cómo comenzó todo!
El yoga llega a mi vida hace aproximadamente 12 años, como una búsqueda que en ese momento no sabía bien qué era. Sentía el deseo de iniciar un camino de autoconocimiento y de sumar herramientas que me acompañen.

Al principio, ese proceso se dio fuera del mar. Empecé a relacionarme con el océano desde un lugar más observador, aprendiendo a sentir cada ola desde afuera y a respetar sus tiempos.

Con el tiempo, esa práctica empezó a influir directamente en mi manera de surfear: en la remada, en la respiración, en la mirada y en la calma mental.

En lo físico, el yoga se traduce en agilidad, alineación y fuerza construida con el tiempo. Todo empieza a acomodarse cuando hay foco y presencia. Ahí aparece la conexión.

Muchos surfistas practican yoga, pero pocos lo integran de verdad. ¿Qué cambia cuando deja de ser complemento y pasa a ser parte del entrenamiento?

Cuando el yoga deja de ser solo un complemento y se vuelve parte del camino, algo profundo se ordena.

El cuerpo ya no se fuerza: se escucha.
La fuerza aparece sin rigidez y la flexibilidad sin exigencia.

La respiración se vuelve un refugio, tanto en la espera como en el movimiento. Respirar de forma consciente enseña a quedarse, a no huir.

La mente se aquieta. Se empieza a mirar la ola con más claridad, sin apuro.

El surf se vuelve más fluido.
Las transiciones son suaves y el cuerpo se mueve en sintonía con la ola.

También cambia la forma de relacionarse con el océano: ya no es ir a buscar, sino entrar en diálogo. Escuchar sus tiempos, aceptar sus ritmos y agradecer cada sesión.

Cuando el yoga es parte real del entrenamiento, el surf deja de ser solo un deporte y se vuelve una práctica de conexión entre cuerpo, respiración y mar.

Desde tu experiencia, ¿qué aspectos del surf se transforman más con la práctica del yoga?

Desde mi experiencia —y con mucho respeto por cada camino— no se transforma una sola cosa.

El primer cambio lo sentí en el cuerpo.
Empieza a ser tratado con más cuidado y conciencia. El movimiento se vuelve más suave, más presente, y aparece una relación más amable con uno mismo.

Con el tiempo también cambia la mente.
La práctica ordena, le da ritmo a los días y claridad a las decisiones. En el mar, eso se traduce en paciencia y en aceptar cada sesión tal como es.

Y algo más sutil es la forma de leer el mar.
Cuando el cuerpo está presente y la mente más quieta, el océano se siente distinto. Se lo escucha con más atención, entendiendo sus tiempos y sus silencios.

Es un camino que sigue abierto, donde el surf y el yoga se entrelazan y se vuelven una forma más consciente de habitar el día a día.

¿Hay alguna postura, respiración o concepto del yoga que sientas clave a la hora de entrar al agua?

Desde mi experiencia, no hay una postura o técnica puntual que sea “la clave”.

Antes de entrar al mar, siempre vuelvo a la respiración: lenta, profunda, consciente. Es como un pequeño ritual que ayuda a ordenar y a bajar el ruido.

También hago movimientos suaves para entrar en calor: movilidad de hombros, columna, caderas y piernas. No desde la exigencia, sino para despertar el cuerpo.

Más que una postura específica, lo esencial es la conexión con el centro, ese equilibrio interno que permite moverse sin rigidez.

Y hay algo que atraviesa todo: la presencia.
Estar realmente ahí, sentir el viento, la temperatura del agua y el pulso del mar.

Más que llevar técnicas al surf, siento que llevo una actitud: respirar con conciencia, moverme con atención y escuchar con humildad.

El surf tiene mucho de espera, frustración y adaptación. ¿Qué herramientas del yoga te ayudan a transitar esos momentos?

Desde mi experiencia, el yoga no elimina la frustración, pero enseña a atravesarla de otra manera.

La primera herramienta es la respiración consciente.
En momentos de espera o cuando las cosas no fluyen, volver a la respiración ayuda a no pelear con lo que está pasando. Es una práctica simple que, con el tiempo, se vuelve sostén.

Otra herramienta es la observación sin juicio.
Aprender a mirar lo que aparece sin reaccionar enseguida.

La práctica también ordena la paciencia.
Así como en el yoga hay procesos que llevan tiempo, en el surf hay momentos de espera y adaptación.

Y una de las lecciones más importantes es soltar el control.
Entender que no todo depende de uno y que el mar tiene su propio ritmo.

El yoga no quita la frustración, pero la vuelve más liviana y más fácil de transitar.

Como profesora, ¿notás un antes y un después en surfistas que se comprometen con una práctica sostenida de yoga?

Sí, lo noto, siempre respetando los tiempos y procesos de cada persona.

Al principio, el cambio aparece en el cuerpo.
La postura mejora, el movimiento se vuelve más consciente y hay menos tensión. Se genera una relación más amable con el propio cuerpo.

Con el tiempo, ese cambio se extiende a otros hábitos del día a día.
La práctica ordena, da estructura y acompaña.

También hay una transformación interna:
se nota en la forma de respirar, de esperar y de atravesar la frustración. La mente se vuelve más clara y paciente.

Y cambia la actitud en el mar.
El surf deja de ser solo rendimiento y pasa a ser experiencia, proceso y aprendizaje.

No es algo inmediato, pero cuando el yoga se vuelve parte de la vida, esa transformación se siente en cada sesión.

¿Cómo trabajás el equilibrio entre fuerza y flexibilidad?

Busco ese equilibrio tanto en el yoga como en el surf y en la vida.

Trabajo con posturas que fortalecen el cuerpo —como planchas, guerreros o equilibrios— y otras que aportan movilidad, especialmente en caderas, espalda y hombros.

También acompaño la práctica con una alimentación consciente y foco mental. Cuando todo eso se integra, el movimiento se vuelve más fluido y natural.

En el surf pasa algo similar: se necesita fuerza para remar y sostener la tabla, pero también flexibilidad para adaptarse al movimiento de la ola.

Cuando esas dos cualidades están equilibradas, el cuerpo se mueve con más eficiencia y se previenen lesiones.

Ser embajadora de Roxy implica representar un estilo de vida. ¿Qué valores sentís que compartís con la marca?

Para mí, representar a Roxy es compartir un estilo de vida conectado con el mar, el movimiento y la libertad.

Desde el yoga y el surf siento que coincidimos en valores como el amor por la naturaleza, la energía femenina, la autenticidad y el bienestar.

En mi caso, el océano es mi lugar de conexión y el yoga mi forma de equilibrio. Me gusta transmitir una vida activa y consciente, inspirando a otras mujeres a acercarse al mar y a confiar en su propia fuerza.

¿Qué le dirías a una surfista que siente que el yoga no es para ella?

Le diría que el yoga no es algo rígido ni una sola forma de practicar.

Cada persona encuentra su propio camino. Muchas surfistas ya lo practican sin darse cuenta: cuando respiran para relajarse en el agua, cuando estiran después de surfear o cuando buscan equilibrio sobre la tabla.

No se trata de hacerlo perfecto, sino de encontrar una práctica que acompañe el surf y la vida.

Hoy, mirando tu recorrido, ¿qué te sigue motivando a enseñar y a seguir aprendiendo?

Lo que me sigue motivando es ver cómo el movimiento y la conexión con el mar pueden transformar a las personas.

Enseñar yoga no es solo guiar posturas, sino compartir herramientas para conocerse, encontrar equilibrio y disfrutar el cuerpo y la naturaleza.

Cada práctica es distinta. Me gusta generar ese ida y vuelta con las personas, donde siempre hay algo para dar y algo para recibir.

Y al mismo tiempo sigo aprendiendo todos los días: del océano, de cada práctica y de cada encuentro.
En ese intercambio, el aprendizaje nunca se detiene.

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