EL CAMINO DEL RIDER: EL SURFISTA QUE AMABA ODIAR

Historias reales de un mundo ficticio

Un cuento de Sebastián Chacón

 

Donde pueda sentirse como en casa, ahí viajaría. Sin segundas meditaciones, llamó a su agente de viajes y le pidió un ticket para Hawaii.

Ya no era necesario mojarse la punta de los dedos para pasar las páginas de la Surfer. El mundo era otro. La Biblia se había dejado de imprimir. A diferencia de la original, su caducidad estuvo signada por la pantalla táctil y no por falta de fieles. Después de mucho tiempo volvería a la tierra prometida. Poco le importaban las contracciones que había sufrido la cultura del surf en pos de la modernidad. En definitiva, su única pretensión era demostrarse que todavía estaba para un par de actos más en Pipeline.

Unos días después, estaba embarcando rumbo al póster que le había cambiado su vida. Rama se bajó del Cabify en Ezeiza con el mismo ímpetu que destila un influencer al presumir su nuevo canje de zapatillas. Lo esperaba un mes a todo o nada. Sin privaciones. Con un presupuesto holgado y un quiver Town & Country a estrenar.

Muchas olas había surfeado desde aquella primera vez en el North Shore hacia fines de los ochentas. Un sobreviviente de una época, así se sentía. Mientras sus viejos amigos decidían emprender el viaje épico hacia la masculinidad sagrada, él se enorgullecía por seguir haciendo las mismas cosas de siempre. Al fin de cuentas, no era más que un honrado estafador, de esos que no tienen redes sociales, pero que enseñan sus credenciales de manera analógica. Aprovechando el momento, sin segundas intenciones, ni futuros posteos en el horizonte.

Las primeras imágenes y olores de Honolulu le acariciaron viejos recuerdos. Nada mejor que estar nuevamente en el epicentro del surfing mundial y con el Niño haciendo las cosas bien. Los swelles estaban llegando desde los primeros días de octubre y el cierre de temporada prometía ser con bombos y platillos.

Una vez aterrizado en el Aeropuerto Internacional Daniel K. Inouye se dio cuenta que la cosa iba en serio. Ahí pudo comprobar, en las caras de los Wave Warriors que iban bajando de los aviones, el nivel de compromiso que conllevaba la misión que estaba por comenzar. Lejos de intimidarse, se alegró. Sabía que estaba muy lejos del plan de entrenamiento de Billy Kemper y a varios barrios de la vigorexia de Laird Hamilton. Pero no se sentía menos, confiaba en su oficio y en la sabiduría de aquella máxima que decía: Es preferible huir que cobrar.

El abrazo con Tenorio, un viejo amigo local, fue lo inmediato después de Migraciones. El aventón hasta la Costa Norte mezcló paisajes e historias de todo tipo y calibre. Habían pasado más de treinta años desde las últimas cervezas y olas; sin embargo se seguían reconociendo como dos amigos de toda la vida. Capaces de resistir distancias oceánicas.

Una vez llegados, el anfitrión le enseñó a Rama el cuarto donde se quedaría durante toda su estadía. Un lugar amplio, con una cama bien cómoda, un rack para 10 tablas y vista al jardín. Por las noches se podía escuchar el mar e imaginar lo que podría pasar una vez que saliera el sol. En la pared más grande, una colección de fotos de los más importantes fotógrafos de la industria del surf se robaba la atención de todo aquel que entrase al cuarto. Un joven Kelly Slater con su Al Merrick debajo del brazo caminando por la orilla de Pipe, se destacaba por sobre todas las otras. En su mirada se podía ver el hambre de los que vienen de abajo.

Las anécdotas se sucedieron durante la cena de bienvenida. Tenorio era un gran narrador. Además, tenía la extraña habilidad de quedar siempre en la primera fila de los acontecimientos más alocados.

Rama no se quedó atrás y lo puso al día con: Surfing, estupor y muerte en La Feliz; Olas y hostias; Un tesoro marplatense; Ratlos la isla que nadie surfeó; God Bless Mar del Plata; Todo por un Sponsor; Rama contra el algoritmo; Rama consigue trabajo; El día que Rama fue Silver Surfer; Sin Moros en la costa; Una noche en María López; Una noche en el Buda Bar; La Renato y el Gordo karateca; El Pro Class y Death of Glory; El Pai Smoke y la desnudez en la R 11;  Los jinetes de la arpillera; Tras los pasos de Rick Kane y otras historias que han sucedido pero que aún no se han escrito.

La caravana de carcajadas de Tenorio retumbó por toda la casa. Nunca había disfrutado tanto una sobremesa. Llegó a oler Mar del Plata en cada historia de Rama.

-Que descanses Rama, es un placer tenerte en casa-, completó con un fuerte abrazo Tenorio.

-Gracias hermano mío. El tiempo no ha pasado para nosotros-, respondió la visita. Lavó los platos y se fue a dormir.

Después de una ducha, se puso la vieja remera de Pappo’s Blues y se metió en la cama. A pesar del cambio de horario, el sueño estaba a minutos de apoyar la cabeza en la almohada. Antes de dormirse vio toda su vida en un flash. No pudo más que agradecer el haberse quedado sin sponsors. Había pasado demasiado tiempo merodeando la mesa a la espera de migajas. Al fin de cuentas, trabajar en Raspberry Beret Ice Cream fue la catapulta hacia un presente próspero.

-Pst, pst… Rama- se escuchó en el silencio de la habitación. Miró el reloj, eran las 2:00 AM. ¿Qué querrá Tenorio?

Se levantó y salió al pasillo. Se dio cuenta que los ronquidos de Tenorio eran parecidos al motor de  la vieja heladera Kelvinator que había en la casona familiar de La Armonía. Sin dudas, lo que había escuchado era parte de un sueño. Fue al baño y volvió a la cama. No tardó en dormirse. A los pocos minutos volvió a oír la misma voz.

Encendió el velador, miró alrededor y no encontró nada. Caminó hasta el placard, abrió las puertas y ahí estaba su ropa y no mucho más.

¿Estaré alucinando? ¿Será el jet lag? ¿Me habrá caído mal la comida? ¿Me habrán puesto algo en la Dr. Pepper que tomé en el aeropuerto? Se preguntó mientras escaneaba la habitación. Antes de volver a la cama se detuvo frente a la pared de cuadros donde reposaba gran parte de la realeza del surfing retratada en Pipeline.

Marvin Foster, Gerry Lopez, Shaun Tomson, Sunny García, Laird Hamilton, Occy, Shane Dorian, Jamie O’Brien, Mikala Jones, Randall Paulson, Buttons Kaluhiokalani, Martin Potter, Tom Carroll, Johnny Boy Gomez, Michael y Derek Ho, Eddie Rothman y Kelly Slater. Todos estaban ahí surfeando, excepto The GOAT.

Dio media vuelta y se encaminó hacia la cama. Antes de correr la sábana escuchó: –Rama, acá en la pared, Kelly.

Apagó el velador. Temió despertar al dueño de casa y que lo tomase por loco o peor aún, en pleno viaje de ácido. Nada más lejos de la realidad, hacía más de 10 años que había dejado de coquetear con las drogas. Encendió la linterna de su viejo Alcatel, y apuntó hacia la foto del más grande de todos los tiempos.

-Rama, bienvenido a Hawaii.

-Hola… ¿Sos vos Kelly?

-No, Claudio María Domínguez…Obvio que soy Robert Kelly Slater.

-Mucho gusto, Ramiro Solís Arrieta.

-Claro que te conozco… ¿Te puedo pedir un favor?

-Lo que quieras Kelly.

-¿Podrías bajar un poco la linterna, me encandila y no te puedo ver bien?

-Por supuesto.

Afortunadamente el viejo dispositivo telefónico tenía distintas intensidades de luz. Una verdadera proeza tecnológica para su época de fabricación.

El asombro de Rama superaba absolutamente todo. Estaba hablando con su ídolo en la oscuridad de una habitación hawaiana, a pocos minutos de la ola que seguía separando a los niños de los hombres. Ni siquiera la Metro Goldwyn Mayer hubiese imaginado una historia así para la pantalla grande.

Acercó una silla hasta la foto y se entregó a la charla.

Kelly le contó que la pasión por el surfing y su afán competitivo fue lo que lo mantuvo durante tantos años en el centro de la escena. Rama no se la dejó pasar y le preguntó por Pamela Anderson. A lo que él contestó que de su vida privada no acostumbraba a hablar.

La charla pasó por distintas épocas. De su ida de Quik, de la fundación de Outerknown. De la pileta y las nuevas generaciones que hoy se disputan el título del surfer más surfer del mundo en las redes sociales y un sinfín de etcéteras.

-¿Por qué seguís surfeando Rama?

Respiró hondo sin poder disimular la emoción. Nunca le habían hecho esa pregunta, ni siquiera él mismo.

-Sigo surfeando porque es la manera más noble de desafiarme. Porque encuentro la incomodidad que me alejó del sillón que hizo de mis amigos unos gordos amargados. Porque la dinámica del mar sigue siendo indescifrable. Porque sigo buscando esa primera sensación que me mantuvo en el mar hasta hoy. Porque en el surfing encuentro reparo de todas las cosas que odio.

-Guau, qué gran respuesta Rama… ¿Y qué es lo que odias?

-Bueno, la lista es larga.

-No importa. Tenorio no se va a levantar hasta las 6:00 AM, tenemos tiempo.

-Bien, ahí voy. Odio a los que no quieren quedarse afuera. Odio a los que dicen surfear más de lo que realmente van a la playa. Odio a los que nos hacen creer que es necesario renovar el traje de baño todos los años. Odio a los queridos amigos que siempre se olvidan de comprar parafina y te piden un poquito de la tuya. Odio a los influencers panfletarios del soltar. Odio a los que a los 50 años todavía no tienen su Beatle favorito definido. Odio a los que estropean la pizza con eso llamado fainá. Odio a los que se cagan en el escalafón de la vida. Odio a los que bloquean la curiosidad de la gente con sus videítos instructivos. Odio en lo que se ha convertido la industria del surf, que es ni más menos que una hoguera de vanidades, pero sin la agudeza de Tom Wolfe. Todo eso es algo de lo que odio.

Slater parecía asentir con la cabeza cada una de las confesiones de Rama. Hizo un profundo silencio que descolocó al marplatense. Por momentos pensó que la ensoñación había llegado a su fin. Apagó la linterna del Alcatel One Touch y se dispuso a volver a la cama.

Justo cuando estaba por apoyar la cabeza en la almohada, Kelly dijo lo último que tenía para decir.

-A lo largo de toda mi vida he conocido surfistas de toda clase y linaje. De los que nacieron para surfear y de los que se fueron haciendo en el camino. Campeones con y sin corona. Maestros del estilo y de los que nunca lo encontraron, pero nunca uno como vos. Sos único.

Al escuchar esto, los ojos de Rama parecían dos ruedas de bicicleta rodado 29.

– El surfista que amaba odiar. Mirá hasta dónde te trajo ese amoroso odio. Fue el combustible que te mantuvo activo, cuando te metieron la patada en el culo los sponsors, no te deprimiste, seguiste surfeando. Cambiaste de vida pero nunca dejaste de surfear. Sos un ejemplo Ramiro Solís Arrieta.

– Gracias Kelly, ahora si no te molesta voy a apagar la luz porque mañana van a entrar olas. Hasta mañana Maestro.

-Hasta mañana Rama.

-Rama… ¿Qué es lo que querías saber de Pamela?

-Rama, Rama, pst, pst… Jodéme que ya te dormiste.

A las 6:00 AM, Tenorio despertó a Rama. Desayunaron y se fueron para Pipe.

-¿Dormiste bien Rama?

-Sí, de mil amores Tenorio. Una noche de ensueño, no lo dudes.

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