MAR: UNA NOVELA DE CELINA ARTIGAS

Hay entrevistas que buscan respuestas y otras que abren preguntas. La de Celina Artigas va por ese segundo camino. En Mar, su novela ambientada en Mar del Plata, la ciudad deja de ser fondo para convertirse en una presencia viva, atravesada por el tiempo, el clima y los estados internos.

En esta conversación, Artigas recorre ese mismo territorio: el del mar como misterio, la escritura como proceso y la incertidumbre como motor. Más que explicar, invita a quedarse ahí, en ese borde donde algo empieza a cambiar.

¿Cómo nació Mar? ¿Hubo una imagen, una escena o una sensación inicial que encendió la historia?

Había un punto de partida que era un estado de angustia y de ansiedad de la protagonista, Sofía. Un estado que ella asociaba a ciertas historias fallidas y que la lleva, un poco desmotivada a todos lados y, también, a hacer una constelación. Pero, un poco como es siempre en las terapias, nunca lo que uno lleva y pone arriba de la mesa es. Aparece otra cosa.

Y, además, es el inicio de un conflicto, porque la consteladora le dice que ahí no tiene más nada que hacer. Que se vaya a escribir, a desagotar su cabeza rumiante, a tirar de esa voz.

La novela transcurre en Mar del Plata. ¿Qué tiene esta ciudad que la vuelve un escenario fértil para una historia como esta? La Feliz tiene muchas caras: turística, invernal, nocturna, melancólica. ¿Qué ciudad aparece en Mar?

Esta historia no existiría sin Mar del Plata. El camino de la protagonista sería otro, los lugares donde se detiene, la sensación y la forma del desencuentro serían distintas. Muchos personajes son impensables fuera del contexto. Cómo y hacia dónde se va abriendo la trama.

Es una historia enhebrada al territorio; la ciudad no es un escenario, es protagonista. El universo de preguntas que se hace la protagonista podrían darse en otro lugar, pero hubiera encontrado otras metáforas para intentar traducir la experiencia y otras respuestas. Es como pensar qué vuelve fértil a Tokio para narrar Perdidos en Tokio, el film de Sofía Coppola. Todo.

Sin Tokio no habría esa historia. Mar del Plata está sublimada en el cuerpo de la narradora, en su forma de habitar. Está en los intersticios por donde espía y sospecha de la realidad y de las construcciones que hacen los demás del mundo, en sus reflexiones sobre la materia y la naturaleza, en la fisonomía de los cuerpos de algunos personajes y en sus formas de hablar. El tiempo en que transcurre la historia es de un año. Entonces, están también las estaciones, marcando los ritmos y vistiendo al espacio. Ese tiempo cíclico, con los cambios que proponen en la vida cotidiana aparecen bien marcados. Los climas, por momentos, funcionan en ósmosis a los climas mentales de la protagonista y de la novela. Esa playa que en marzo queda desatendida y donde se vuelve a escuchar el mar es distinta a la de febrero. El sol que se mete antes atrás de un edificio costero. Aparecen los sonidos disipados del fin de tarde y ese silbido medio tenebroso del viento invernal. Justamente, me interesaba que el avance de la historia sobre el mismo espacio fuera registrando los cambios estacionales y también los climas o humores de la protagonista durante el día, la noche, la vida hogareña, el camino hacia la playa.

Es una narración muy sensible hacia lo espacio-temporal. Esta ciudad tiene rasgos muy particulares que me parecen super interesantes de contar, sobre todo porque es una ciudad que aún no está narrada en la literatura. Y, justamente, el desafío para mí era entender qué historia podía contarse con el contexto real. Y no forzar una historia desprendida del lugar.

Creo que esta curiosidad por el entorno y por narrar el paisaje como parte esencial de la historia se me dio desde que comencé a escribir, porque literatura y periodismo se me dieron juntos. Hago una literatura muy influenciada por el oficio de buscar la historia en el territorio y en los otros. Y por las formas de géneros como la crónica, la entrevista o el perfil. Los autores que leía y me formaron fueron tremendos escritores y periodistas: Truman Capote, John Cheever, Hemingway, John Dos Passos, Paul Auster, Joan Didion, por ejemplo. Entonces, hay algo de esa relación y exploración en el contexto que siempre está en mis intereses. Me interesa la ciudad como tema. Ya sea escribiendo una novela, un diario, una poesía o haciendo fotos. Esa convivencia de elementos de diversa naturaleza me llama la atención. Sobre todo, en esa zona translúcida entre el adentro y el afuera, entre personaje y lugar, en la conexión entre personajes desde el diálogo. Me atrapa la permeabilidad en la que se pueden leer capas.

Interconexiones. Reflejos, contrastes, conversaciones, los fragmentos.

El mar muchas veces funciona como algo más que un paisaje en la literatura. En tu novela, ¿qué rol cumple el mar dentro del relato?

Más allá de que el mar esté enhebrado al paisaje hay algo mucho más potente. El misterio profundo. Yo creo que de cualquier cosa sabemos más que de nuestro propio mundo interno y de las profundidades del mar. El mar está ahí como un llamador en la novela, hablando en un idioma que es más grande que el idioma, que nuestra capacidad de saber y conocer. Cada fragmento donde entra el mar es un llamado a ese mundo al que no podés dividir (la civilización ha podido hacer cualquier cosa, ¿no? Pero esa no es su naturaleza). El agua une, no divide. La tierra pudo dividirse culturalmente o por movimientos geológicos. El agua no puede dividirse. Podés nombrar océanos como nombras religiones. Pero ni los nombres de las religiones traducen la espiritualidad. Ni los océanos dividen el agua. Es conciencia de unidad.

Una fuerza inagotable, el misterio del origen de la vida. El agua sostiene todo lo que está apoyado en la tierra y no es al revés.

Para afrontar ese misterio de la vida y ese miedo de estar vivos, la civilización construyó un idioma a contrapelo: las ciudades, las garantías, que las cosas se puedan nombrar, partir, dividir, retener, racionalizar, fundando las bases del mundo que conocemos. Pero hay dosis de infelicidad muy grandes en ese mundo, alienado de las verdades esenciales y de las fuerzas naturales. Y la novela se emplaza en ese contraste. Porque ese mundo de las certezas, en algún momento, se nos viene abajo a todos. Y la materia, en alguna medida, deja de hacernos sentido.

Frente a ese estado de fragilidad, de angustia, que todos podemos conocer en algún momento, tenés distintas alternativas: ser arrastrada por tus emociones, ahogarte y dejarte morir, como Ofelia en la obra plástica de John Everett Millais centrada en el ese personaje de Hamlet, la tragedia de Shakespeare (y no es casualidad que la protagonista de Mar comience yendo a trabajar a un lugar llamado Ofelia y les diga: puedo hacer un buen reemplazo aquí).

También podés tapar la desesperación a punta de soluciones mágicas y químicas para seguir funcionando racionalmente. O podés aprender a entrar en una sinergia más fluida con la vida, no sin en un arrojo de fe y sin entregar a cambio todos los fundamentos de ese sufrimiento que traes, ese relato que construiste alrededor de tu ego. Porque para ingresar en ese idioma místico profundo no podés acceder desde el pensamiento, la razón, teniendo el control o con los zapatos puestos. Y el mar está ahí como un llamado a recordar las verdades esenciales. A veces lo esencial está detrás de las cortinas de tu visión.

El surf aparece dentro de la historia. ¿Cómo llegó ese universo a la novela y qué lugar ocupa en la construcción del mundo y de los personajes?

El surf no estaba previsto. Como periodista, hace tiempo que tenía ganas de escribir una historia sobre surf, pero no tenía claro qué historia me interesaba. Y tampoco lo tenía ligado a mis experiencias, como para poder sacarlo de ahí como William Finnegan escribió Años salvajes. A mí la escritura más genuina me sale ligada a las propias experiencias comprendidas o traducidas al relato de alguna manera, porque ahí hay un qué pensar, qué decir, atravesado por el cuerpo. Así que no empecé esta novela buscando una historia en el surf. Pero el surf apareció. Y se volvió super importante. Al surf lo trajeron los personajes nuevos en la vida de Sofía, mientras ella transitaba la playa y los conocía. La playa es una frontera, entre el mundo construido de la ciudad y lo inmenso desconocido, representado por el mar. Y esa frontera empezó a ser el campo a explorar y a tomar protagonismo.

Los cuatro personajes ligados al surf aparecen impredeciblemente, pero su aparición no es casual. Y más allá de lo anecdótico que sucede con ellos en la trama, un poco son los mensajeros que le traen algo del mundo desconocido. Situaciones que le permiten cambiar su conciencia porque le muestran otras formas de transitar lo mutable e incierto. Pero la protagonista no lo vive muy alegremente. Le llega en experiencias de contrastes, le causa mucho conflicto, y le trae más incertidumbre que certezas. Pero aceptar eso es lo que le permite dinamizar un cambio.

¿Cómo fue tu proceso de escritura? ¿La historia apareció de manera bastante clara desde el principio o la fuiste descubriendo a medida que escribías?

La novela comienza con la misión de deconstruir un mundo, una forma de pensar. Y narra una demolición. “Rendite para averiguar qué más hay aparte de lo que vos ves y crees”, le dice el personaje de la consteladora al comienzo de la novela. Y ella –que fue ahí a que se le arregle su vida, porque así queremos hacer siempre: solucionar rápido– se va con la tarea de hacerlo ella.

Pero para eso, primero tiene que discernir qué tiene que demoler de la estructura construida o destejer. Y sostener el estado de pregunta. Estamos en un mundo en que todo el tiempo queremos respuestas o salimos a dar respuestas. Si no es X tiene que ser Y. Sobre todo, cuando sentimos un estado de angustia profunda, de sin sentido, cuando vivimos en el cuerpo estados de ansiedad. Pero si en vez de huir, tapar con medicación, querer estar de otra manera, aceptas la oscuridad como tierra fértil para crear y te quedás con eso… Con lo que te llevó hasta ahí, con las ideas rotas, con la incertidumbre, con el malestar, ahí pasa algo.

A mí me interesaba contar el proceso de esa demolición. Y el caminar con la incertidumbre.

Primero porque no sabía si era posible que se produjera una transformación en el personaje, pero tampoco lo iba a averiguar sin hacerlo. Y segundo porque la posibilidad de hacer un registro de todos los micro-movimientos y preguntas que, frente a la idea de un resultado, quedan siempre inadvertidas, me gustaba más. Un registro de todas las pequeñas instancias que pueden modificar a un personaje en tiempo presente, si mira todo como una posibilidad.

Aunque en el medio se equivoque, la defrauden, no la comprendan o se cruce con personajes que ni siquiera saben qué le están dando. Entonces, a la historia la iba haciendo aparecer la escritura.

Esa escritura sin certezas, con reflexiones y preguntas. También, sobre qué sentido tenía escribir. Porque no partí desde un lugar muy potente en el deseo de hacer una novela. Sabía que tenía las herramientas. Y si bien siempre estoy escribiendo, hacía bastante no escribía una novela. Pero fue como: bueno, me quedo y sostengo acá, a ver qué pasa. Después de ciertas escenas que escribía me daba cuenta de que las preguntas que me hacía sobre escribir, editar, borrar, sobre la relación con el texto y con el lenguaje, eran preguntas que trascendían el campo específico, que tienen que ver con la vida. Todo el tiempo estamos creando texto adentro nuestro. Seamos escritores o no. Lo emitamos o no. Lo sepamos leer o no.

Esa deshilacha del vestido que en la vida es imposible de esconder –conversaciones fragmentadas, desapariciones, la falta de certezas, las respuestas que no llegan en la historia– me super interesaba realzarla. Fue como: quiero poner esto en el centro de las escenas, en el corazón de este vestido y que se vea, que se lea. Las historias cuando son “cuentos perfectos” y los personajes tienen una construcción muy fuerte, muy pulido tienen una contracción donde no sopla la verdad, no sé si me gustan mucho. A mí me interesa el misterio que queda alrededor. No en un sentido Sthephen King –quiero decir: no me importa si hay entidades ni asocio el misterio al miedo– sino el misterio de la vida humana y de la naturaleza. Una vez, Mariana Enríquez dijo: “ese rozarse del barco con la ola, ese borde a mí me da pánico, terror”.

Yo entiendo perfecto lo que está diciendo. Entiendo lo que le da pánico. Por eso le gustan los cementerios y las historias de los muertos. Pero justamente ahí hay algo que a mí me fascina: ese mecimiento en la incertidumbre total. Y no podés entrar al agua en ese estado de terror.

Tenés que correrte de tu voluntad de controlar algo y confiar en lo que tenga que ser y venir.

Porque va a moverse todo el tiempo. Y eso es la vida. Y la novela también. Creo que lo maravilloso de que existan las y los escritores y las personas es que puedan ir a un mismo lugar y concebir tantas cosas distintas.

La autora.

Toda novela también habla del momento de vida en que fue escrita. ¿Qué preguntas personales o inquietudes estaban rondándote mientras trabajabas en Mar?

Fue un momento de muchas preguntas. Muy crisis de los cuarenta, la noche oscura del alma.

Todo me preguntaba. ¿Cómo se refunda el deseo? ¿Cómo continúa la vida cuando cumpliste ya con parte del check list de lo esperable, pero eso no te trae paz? ¿Cómo cambias tu forma de pensar, las ideas que tenés y no sabés porqué y los hábitos que sostenés porque te acostumbraste, pero que te dañan internamente? Y, también, específicamente: ¿Qué voy a escribir? ¿Para qué sirve la literatura; hacer esto? Fue un momento bisagra de cuestionarme todo. Y esas preguntas están puestas al ruedo en la novela.

Independientemente de la manera en que la protagonista las transita, me parece que lo valioso era el caminar así, con eso. Y pienso en cómo abre su libro Caminar, el escritor y filósofo naturalista, Henry David Thoreau: “quiero decir unas palabras a favor de la naturaleza, de la libertad absoluta y de las maneras salvajes, en contraposición a una libertad y una cultura meramente civiles”. Y ese comienzo a mí me parece super atractivo. Me da una especie de suspenso, que no es el de la respiración corta y el vértigo, sino el del llamado a la aventura, al

movimiento y a la exploración de lo desconocido en la naturaleza. Bueno, ese camino en la novela, la narradora lo tenía que abrir. No estaba dado.

La portada suele ser la primera puerta de entrada a un libro. ¿Cómo fue el proceso de elegir la tapa y qué sentís que captura del espíritu de la novela?

Podrían haber sido muchas las fotos buenas con perspectivas que tomen el mar, ¿no? Incluso hubo una foto blanco y negro con los esqueletos de las carpas que también me hacía sentido.

Pero elegí ésta que apela a un momento climax. Al haber editado mucho tiempo revistas, diseñado moda y relacionarme con las artes plásticas y la fotografía, hay una relación con lo visual que tengo muy desarrollada. La tapa y el título son algo que siempre se me revela de manera muy intuitiva y clara. Digo: es ésta. Y es esa. La reconozco, básicamente.

En términos de atmósfera, ¿qué buscabas que sintiera el lector al entrar en este mundo?

En esta novela no quería que hubiera una atmósfera determinada. De hecho, quería que reflejara esas diversas atmósferas que forman parte de la vida, esos distintos climas. Y que no duran todo el tiempo. Tal vez sí, te podría decir, que quería poder transmitirle esa atmósfera mental sobre pensante de la protagonista. Es un rasgo que me parece que en las mujeres tiene un volumen alto, tonos bastante propios. Independientemente de que puedas ir a muchos lugares distintos con eso: desde plantearte abiertamente qué es ser mujer en este mundo, como Simone de Beauvoir, escribir relatos literarios y accionar en el campo político social, como Natalia Ginzburg, obsesionarte con fantasmas como Mariana Enriquez, hacer un disco irradiante como Lux, de Rosalía o gritar a ese nivel de potencia como Florence+The Machine.

Hay algo de esta capacidad de albergarlo todo y del peso o impacto que eso tiene en las mujeres que puede llevar a una artista por lugares muy distintos. Y al menos personalmente puedo rastrearlo en formas de creación distintas, pero que en las obras es como la huella de una mujer creando. No sé si me importaba tanto la atmósfera. Justamente, la variación atmosférica era algo con lo que crear. Quizás me interesaba más dejar esas huellas de caminar.

Y después lo que sienta el lector/a depende de lo que pueda sentir.

¿Qué autores o lecturas sentís que, de alguna manera, dialogan con esta novela?

Es súper ecléctico. Muchísimas lecturas nos fundan y colaboran en la propia escritura. Por tema, por forma, por ideas. Con algunas, el diálogo está explícito. Por ejemplo, con Ray Bradbury. Pero no porque mi escritura se parezca en algo a la suya, ni el diálogo es con toda su literatura. Sí con Las doradas manzanas del sol, que es un libro de cuentos que amo. Esa curiosidad por el misterio, esa sensibilidad ante lo frágil del ser humano me conmueve. Uno de los personajes, Marcos, está teñido con los colores de ese libro, pero también tiene otras cosas que lo hacen misterioso. Y lo extraño es que esa sensibilidad para mí es más afín entre Bradbury y un disco de Eddie Vedder, que entre Bradbury y otro autor de ciencia ficción o que con él mismo en otro libro. Después, el interés por explorar el diálogo viene de ciertos autores como Raymond Carver, John Cheever. Muchas veces, por lo improductivo del diálogo para la verdadera comunicación, pero con la potencia de empujar los hechos. Esa posibilidad de que el drama esté incrustado en algo ordinario de la vida cotidiana que no parece tan dramático y que tiene más de neurosis que otra cosa. Esa narrativa que no va a resolver del todo el conflicto. Que no tiene un final épico. Que puede crearse en una pileta un sábado por la mañana o en la mudanza de una madre y que parece de lo más trivial pero que, si está bien contada, pone en juego la atención y algo de la conexión con lo que sienten o atraviesan los personajes. Y que te está engañando con que es superficial.

Hay un diálogo con la teoría del iceberg de Hemingway porque fue fundacional para mi escritura, pero en ningún momento lo dice. Él sostenía que el cuento o relato debía ser la punta del iceberg. Eso a mí esa teoría me voló la cabeza. Pero no porque me pusiera a escribir con ese manual. Porque me dejó pensando en qué hay debajo. De qué no quería hablar. Y eso me llevó a Jung. Al poder del inconsciente y cómo opera, a ese 80% aproximadamente de nosotros que desconocemos. Me llevó al efecto espejo con los otros de la psicología. A la sombra y las proyecciones. Es como si la teoría de Hemingway hubiera sido algo en mi profesión mucho más grande que una idea, algo que no vas a modificar como el colegio al que fuiste y que se quedó en tu historia y te signó de alguna manera. Y que en esta novela apareció como una curiosidad por narrar no la punta del iceberg sino al pie del iceberg, a ras del agua. En esa superficie transparente por donde se ven, se cuelan las imágenes de la profundidad. En ese falso límite.

Cuando alguien cierra la última página de Mar, ¿qué te gustaría que le quede resonando?

Creo que lo que queda resonando depende de cada lector/a. Creo que hay una primera lectura que se puede hacer buscando saber de qué se trata y qué sucede. Pero ahí no está la novela.

La historia de los sucesos es la capa superficial. Cuando vos te metes al mar lo ves fluido, liviano. Cuando salís te llevas un caracol pegado, un ruido, no importa, algo. Cada vez que volvés, encontrás otra cosa y lo mismo. Lo que me gustaría que quede resonando es ese eco que te hace volver a buscar algo, que crees que está donde lo dejaste y cuando volvés encontras otra cosa. Y que cada lectura te haga ver lo que no viste. Esas capas. Yo debo haber visto mil veces la película Cigarros, de Wayne Wang, basada en un cuento de Navidad, de Paul Auster. ¿Por qué la vuelvo a ver? Si ya la vi… Lo mismo me pasa con Nocturno hindú, de Antonio Hindú. Porque me dice otra cosa, cada vez. O porque me zambullo en una atmósfera que fuera de esa obra no existe. Y que no es ir a India ni ir a Nueva York. Está en los relatos.

Quizás me gustaría que le queden esas ganas de volver a la novela, a buscar algo. Creería que eso es lo que anhelamos, en el fondo, todas las personas que escribimos.

Para conocer más sobre la autora: www.celinaartigas.com.ar
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